Escribo estas líneas desde el profundo amor que siento por esta tierra que me vio nacer.
No hablo desde la política ni desde la confrontación,
hablo desde el alma de quien aún recuerda
el verdadero espíritu que nos unía como pueblo,
ese latido que nacía del trabajo, la esperanza
y el deseo de vernos florecer juntos.
Temo, a veces, ver cómo se apagan lentamente
las voces que nos recuerdan quiénes somos,
cómo el brillo de nuestras raíces se va cubriendo de olvido.
Pero también creo en la fuerza de nuestra gente,
en su capacidad para renacer,
para reconstruirse desde la fe, la cultura y el amor.
Sueño con ver a mi pueblo crecer en infraestructura,
pero también en sabiduría y en identidad;
que el progreso no borre nuestra esencia,
sino que la haga más fuerte, más nuestra.
Sé que no somos perfectos —y no necesitamos serlo—,
porque de los errores también nace la enseñanza,
y de la enseñanza, el camino hacia un destino mejor.
Roque querido, mi tierra,
siempre estaré aquí,
para levantar tu nombre,
para encender en ti la llama
de todo lo bueno que aún vive en tu corazón.