El Didincillo formaba parte del acervo musical ancestral de nuestra comunidad, una manifestación que sobrevivió por generaciones como símbolo de identidad y espiritualidad. Su ejecución estaba estrechamente ligada a la festividad de Las Tres Cruces, celebrada cada mes de mayo, cuando los pobladores se reunían para honrar este antiguo altar.
La danza que acompañaba al Didincillo no era solo un acto festivo, sino un rito de veneración. Las tres cruces representaban la crucifixión de Cristo, y en torno a ellas se tejía un profundo sentimiento de respeto y devoción. El altar se adornaba cuidadosamente con ofrendas tradicionales: frutas, rosquitas de almidón y otros presentes que expresaban gratitud y petición de protección.
La custodia de esta ceremonia recaía en la casa del acebozón, personaje responsable de organizar la velación del altar y mantener viva la tradición. Bajo su cuidado, la música, la danza y las ofrendas se integraban en un mismo acto ritual, recordar una herencia cultural que ya NO sé práctica hoy en día, este artículo hace recordar en la memoria viva de nuestros antepasados.