Lima, 2 de abril del 2016
Mi estimado y respetado amigo, Don Glorioso Saboya:
Deseo que al leer estas líneas, escritas con aprecio y admiración, se encuentre bien.
En estos tiempos ya no es costumbre enviar cartas, pues la modernidad nos ha vuelto un poco haraganes. Sin embargo, siento la necesidad de escribirle, porque las palabras sinceras aún tienen un valor que ningún mensaje digital puede reemplazar.
Quiero agradecerle por el presente de mi última visita. No es mi intención molestarlo ni comprometerlo con nada, solo deseo conversar, escuchar y aprender más sobre la historia de nuestro querido pueblo.
Cada vez que llego a mi destino, cuento con orgullo las horas que pasamos conversando, recordando y valorando todo lo que usted ha hecho sin esperar nada a cambio.
Hoy me entristece ver cómo, poco a poco, Roque se va convirtiendo en un terreno de ambiciones disfrazadas de progreso y desarrollo.
Y me pregunto: ¿por qué, teniendo tanto conocimiento, seguimos pensando como egoístas?
¿Será que hemos olvidado el ejemplo que ustedes, los mayores, nos dieron al trabajar siempre por el bien común?
Aún guardo en la memoria aquellas imágenes de mi niñez: verlos caminar largas horas entre el barro y la lluvia, buscando un presupuesto para una posta, gestionando un motor de luz para que todos los moradores pudiéramos beneficiarnos. Todo lo hacían movidos únicamente por la voluntad de ver algo nuevo en nuestro pueblo.
Todavía recuerdo el día en que llegó la luz eléctrica. Esperábamos ansiosos que fueran las seis de la tarde para escuchar el primer zumbido del motor y, segundos después, gritar emocionados:
¡La luz, la luz!
Fue en ese instante, creo yo, que conocimos lo que significaba el desarrollo.
También quiero compartirle mis sentimientos como Roquino y mis deseos de contribuir, de algún modo, al progreso de nuestro pueblo.
Hoy lo veo más difícil, no por falta de interés, sino porque la vida ha tomado su rumbo. Cuando era joven, tenía el tiempo y la libertad para convertir mis pensamientos en acción.
Ahora tengo una familia, hijos a quienes debo guiar, pero los deseos de servir siguen vivos. Por eso, cada año regreso, y al ver las necesidades, busco —dentro de mis posibilidades— la forma de apoyar.
Usted, amigo mío, ya forma parte de la historia de Roque.
Es un hombre noble, imprescindible, cuyo ejemplo de humildad nos inspira a seguir su camino.
¡Larga vida, mi estimado amigo!
Me despido con la esperanza de volver a encontrarnos, y que el divino nos acompañe y proteja en nuestro andar.
Hoy, 2 de abril del 2016, mi hijo Lucas visita por primera vez nuestro pueblo. Tiene apenas un año y cuatro meses, y deseo que lo conozca, pues él es el mensajero de esta misiva.
Atte,
Jhony Cachique Torres
(Esta carta fue escrita en el año 2016, pero por cosas del destino, nunca llegó a sus manos. Hoy, 9 de noviembre del 2025, vuelve a la luz con el mismo sentimiento con que fue escrita.)